Argentina: Corazón y herencia

Dicen que cuando buscas algo con empeño y das lo mejor de ti, los resultados llegan. Quizá esta frase, que podría estar en una taza de Mr. Wonderful o en la pizarra de cualquier coach, sea aplicable en un mundo empresarial donde no solo quieres hacer bien tu trabajo sino progresar, tanto laboral como económicamente. Pero en el deporte, donde hay muchísimos más perdedores que ganadores, difícilmente podamos aplicarla. Díganle “esfuérzate al máximo y conseguirás lo que te propones” a un jugador de Islas Salomón y verán lo que pasa. Por muy loable que sea su actitud, por muy fuerte que entrene y por mucho que chute a puerta en un entrenamiento, llegará Brasil y le hará 10 goles.

¿Acaso el empeño del salomonense fue menor de lo que requería la situación? Probablemente no, pero el deporte (y el fútbol sala no es una excepción) es así, tiene un componente de calidad que es innato. El brasileño es talento. El ruso, disciplina. España e Italia siempre estuvieron en un punto medio: no tan virguero como el sudamericano, con menos rigidez y físico que el europeo del Este, pero con un poco de ambos. Con esas cualidades impregnadas en su ADN, los cuatro países dominaron el mundo del futsal durante muchísimos años: Brasil dominaba en el mundo y España, Europa. Las migajas (que no eran poca cosa) quedaban para italianos y rusos.

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Pero entonces apareció él, un bonaerense con aires de boxeador y nombre de galán: Diego Raúl Giustozzi. Y miró a la cara de unos jugadores que eran la mejor generación de la historia, aunque no lo sabían aún. Él convenció a los Borruto, Cuzzolino, Taborda y compañía de que podían conseguir grandes cosas, que no estaban solo para acompañar a Brasil en la cima, sino darle un empellón y ocupar su lugar.

KAUNAS, LITHUANIA – SEPTEMBER 29: The Argentina team and coaching staff line up for a photo prior to the FIFA Futsal World Cup 2021 Semi-Final match between Brazil and Argentina at Kaunas Arena on September 29, 2021 in Kaunas, Lithuania. (Photo by Angel Martinez – FIFA/FIFA via Getty Images)

Y aquí enlazamos con el inicio…

Y es que no basta con querer algo para conseguirlo… Salvo que seas Argentina. Porque si sus vecinos norteños llevan la samba metida en el cuerpo y los rusos una marcha militar, ellos tienen grabado a fuego la resistencia, el compromiso, la capacidad de sacrificio y esa fuerza para hacer grupo en las circunstancias más adversas. Con un entrenador que aunaba lo mejor de la preparación física y táctica con charlas motivacionales que ya quisiera cualquier empresa de pacotilla que vende servicios prefabricados como únicos, conquistó un Mundial. ¡Un Mundial! Algo que parecía coto privado de brasileños y españoles. Él y los suyos, gente que jamás había levantado un título hasta su llegada, salvo la Copa América de 2003, levantando el trofeo máximo.

Aquello fue el chispazo que prendió la mecha del futsal en los argentinos, que sabían de sus capacidades, pero no de sus límites. Creyeron que podían ganar cualquier partido a cualquier rival, y entrenaron para ello, con el convencimiento de que solo con ese corazón podrían imponerse a rivales técnicamente superiores a ellos. Y lo creyeron. Y vaya si lo consiguieron. Derrotar a Brasil en partido oficial es muy duro, tanto como que desde la lejana final de Guatemala’00 y aquellos dos punterazos de Javi Rodríguez, nadie lo conseguía en los 40 minutos reglamentarios de un Mundial de fútbol sala. Han tenido que pasar 33 partidos y 21 años hasta que alguien lo consiga de nuevo.

KAUNAS, LITHUANIA – SEPTEMBER 29: Head coach Matias Lucuix of Argentina talks as he is interviewed in a press conference after the FIFA Futsal World Cup 2021 Semi-Final match between Brazil and Argentina at Kaunas Arena on September 29, 2021 in Kaunas, Lithuania. (Photo by Angel Martinez – FIFA/FIFA via Getty Images)

Pero no lo hace con Giustozzi en el banquillo, sino con un ayudante flaco que se buscó, y que no debió llegar tan pronto: Matías Raúl Lucuix, su joven y espigado ayudante que tomó las riendas cuando Diego partió a España en busca de nuevas aventuras. Su lesión prematura le acercó a una silla que no debía estar ahí. La aceptó sin pensarlo, aprendió del maestro y recogió su herencia cuando Giustozzi se fue: un puñado de jugadores capaces de comerse a cualquiera. Mati, que siempre fue el más listo sobre una pista, demostró que también podía serlo con la pizarra.

Argentina está en la final, con corazón y herencia, esfuerzo y legado. Y lo hace superando a la historia, entrenando y sacrificándose, con planteamientos inteligentes y sí, puede que un juego no muy vistoso, pero efectivo. Dos finales consecutivas para un equipo que en los siete Mundiales anteriores solo había pisado una vez las semifinales.

Déjenles soñar.

Imágenes: (c) Getty Images.

Autor: Dani López (twitter: @danifutsal6)

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