¿Debe dimitir Fede? Lo emocional

Uno puede afrontar la eliminación de su país en un gran torneo y del deporte que ama, de muchas maneras, y créanme que en estas dos horas que han transcurrido desde que acabó el partido entre España y Portugal y el momento que me he decidido a escribir, me ha dado tiempo a vivirlas todas. Algo así como las fases de la aceptación de la muerte, al más puro estilo Homer Simpson, en tiempo récord.

  • Rechazo: Otra vez no, otra vez no puede remontarnos Portugal dos goles. Vale que los amistosos no suelen valer para mucho, pero si les ganamos los dos últimos y dicen que de las derrotas se aprende más que de las victorias, y ya nos ganaron la final de la Euro’18 y los cuartos del Mundial’21 así que… Habremos aprendido y no, esta vez no nos van a remontar.
  • Rabia: ¿Pero cómo podemos jugar así, encerrados y soltando pelotazos? ¿Qué hacemos reculando, cediendo toda la pista y acogotados en nuestro área? ¡¡Pero nadie se da cuenta que así es imposible aguantar!! Dios, qué ganas de coger a alguien por el cuello y…
  • Miedo: Bueno, este punto se resume en lo que sentíamos todos cada vez que veíamos a Zicky en pista o intuíamos lo que iba a pasar.
  • Negociación: Empate a dos. Pero todavía hay tiempo y ni siquiera vamos perdiendo. Venga, va. Que siempre nos queda la opción de buscar la sexta falta, o un golito afortunado, o quizá hoy sea el día en que a Portugal no le sale nada. Mira la primera parte, cuatro tiros al palo. Que sí, va, que la Diosa Fortuna hoy está con nosotros, ¿a que sí?
  • Aceptación: No hay manera. Nos tienen cogida la medida, no podemos vencerles y lo peor es que ni siquiera nos ganan sus vacas sagradas, sino los chavales que han salido ahora. Menudo partidazo de Zicky, de Tomás Paçó, otra vez Afonso siendo definitivo… No hay nada que hacer, son nuestra bestia negra. La única manera de avanzar es dejar de cruzarnos con ellos.

Pero hay más…

En el descanso, con España venciendo -que no convenciendo- por dos de diferencia, este escritor que peca de gafe en Twitter avisó:

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Mire usted por dónde, hoy justo tenía que acertar un pronóstico. España no era mejor, pero España había encontrado el gol y Portugal los palos. Era cuestión de tiempo que los palos se los llevara España y, Portugal, los goles. Y así fue. Zicky sacó el libreto del buen pívot. Comenzó a jugar de espaldas, de frente o de lado. Y en todas se impuso. Podríamos tener la tentación de culpar a Ortiz y, bueno sí, tuvo fallos como el del penalti o no encimar en el empate, pero, ¿cuántos cierres hubieran secado hoy al monstruo de Sporting? Con 20 años, el muchacho cuyo rostro se desencaja cada vez que hace gol, culminó el destrozo sin margen para la recuperación, anímica ni numérica (en el tanteador). El partido, en realidad, se había perdido  mucho antes del bocinazo.

Y ahí se aumentó mi repertorio de sentimientos: incredulidad, angustia, resignación, esperanza, enfado, de nuevo esperanza, malestar, dolor, pena, más enfado, más enfado, más enfado… Increíble lo que puede pasar por la cabeza humana en poco más de un minuto, y más en una como la mía, dañada y confusa.

Termina el partido y surge otra sensación que todos hemos vivido, sea con el deporte, con una película o con aquello que a cada cual le emocione: me quedo mirando la pantalla, pero no lo estoy viendo. Mejor, porque veo de refilón un negro de 1’85 corriendo por toda la pista, a un señor calvo con traje que sonríe, a un tío con el brazalete que huele otro título, a varios muchachos de rojo celebrar y a otros tantos de celeste agachar la cabeza. Intuyo lágrimas. Prefiero no verlas. Esos jugadores me son muy queridos, y no estoy para más disgustos.

¿Pero esto no iba de si debe o no Fede dimitir?

Ah, sí, cierto.

Sinceramente, después de todo lo dicho, no lo sé.

Porque como Homer después de ingerir el fugu, siento rechazo hacia Fede Vidal (no quiero que sea el seleccionador de mi país ni un día más), pero también rabia (dos derrotas contra Portugal pueden darse, pero su inmovilismo en los momentos de crisis, me enervan), miedo (¿acaso España no volverá a ser grande?), negación (es imposible que consigamos títulos jugando así) y aceptación (es lo que hay, que diría aquel…).

Obviamente, lo que me pide el corazón es que se vaya, que deje paso a sangre nueva, a otro entrenador que complete la renovación que necesita la selección y que su etapa quede lo antes posible en el olvido. Pero claro, ¿es lo más sensato escuchar a tus instintos en un momento tan intenso como este? Mejor me voy a la cama y mañana, con los nervios más templados, sea momento de ver los datos y comprobar si la razón está del lado de las vísceras, o estoy siendo tremendamente exagerado y tremendamente injusto.

Buenas noches, y enhorabuena (otra vez, otra p… vez) a Portugal.

Autor: Dani López (twitter: @danifutsal6)

One thought on “¿Debe dimitir Fede? Lo emocional

  1. España solo volverá a ser o que fue con Javier Lozano al frente y el equipo que él y solo él sepa confeccionar para que Volvamos a ser lo que fuimos. Venancio y sus compinches han marinado muy bien con RFEF pero nuestro fútbol sala ha retrocedido diez años teniendo los mejores jugadores pero no sabiendo utilizarlos ni exprimirlos.

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