El ejercicio de fe inquebrantable de Inter

Si les hablo de José Salvador Alvarenga, lo más probable es que no sepan de quién les hablo. Este mexicano de Chiapas salió un día cualquiera a pescar en un barco modesto, construido en fibra de vidrio y de apenas siete metros de eslora. José salió con su amigo Ezequiel, como tantas otras veces, esperando volver a casa con sus padres y una pesca fructífera.

Lo que ninguno de los dos supo ver es que aquel día no tendría nada de rutinario. Una tormenta les desvió de su trayectoria y el motor, cansado de años sin mantenimiento de ningún tipo, dejó de funcionar. Con tal panorama, José y Ezequiel estuvieron a la deriva durante cuatro meses, alimentándose de tiburón crudo y bebiendo agua de lluvia y sangre de tortuga ―o eso cuentan, ya que parece haber mucha mitología en la historia― hasta que Ezequiel, hastiado y exhausto, dejó de comer. Al poco tiempo, murió.

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Si bien José pensó en suicidarse, tuvo sueños en los que abrazaba a sus padres. Esa fe inquebrantable fue la que le permitió seguir adelante, un día y otro, hasta que trece meses después tocó tierra. Estaba en las Islas Marshall, a 10.000 kilómetros de su hogar, pero lo había conseguido. Después de un mes hospitalizado volvía a casa, donde le esperaban sus padres, donde pudo por fin descansar y disfrutar de esa comida tan añorada.

Herrero, durante el calentamiento, no sabía la que se le venía encima
Herrero, durante el calentamiento, no sabía la que se le venía encima (foto vía María Blanco / Pobla FM)

Movistar Inter hizo el mismo ejercicio de fe que José Salvador Alvarenga. Si me aceptan la metáfora, y sin querer frivolizar con la muerte, cambien el Palau por la barca, la deriva y el dolor real por el esfuerzo sobre el parqué. Incluso utilizando argot podríamos decir que la defensa interista estuvo achicando agua mientras llegaban oleadas de blaugranas con intención de batir la meta rival. Herrero fue esa barca chiquita que resistió a la intemperie más de un año. En este caso fueron minutos, pero el acoso al que se vio sometido y la multitud de paradas que tuvo que realizar, algunas de ellas a bocajarro, ralentizó el tiempo para el meta torrejonero.

Despejes, rechaces, tiros al palo, jugadores de verde tirándose al suelo para cubrir las fugas y un tiburón llamado Ferrao intentando lanzar bocados. Mientras el pobre náufrago aguardaba un poco de lluvia para su garganta reseca, Inter añoraba un tiempo muerto para tragar saliva y sí, también un buchito de agua.

Saldise celebra el 0-1
Saldise celebra el 0-1 (foto vía María Blanco / Pobla FM)

Saldise fue esa corriente de viento favorable después de mil y una desgracias. Una excesiva relajación de André Coelho la aprovechó el pamplonica para meter la pierna y desviar un sencillo pase a la meta de Dídac, quien no podía creer su mala fortuna. No era el día para Barça, que había pasado de tormenta perfecta a simple chubasco. La barca de Inter navegaba y por más pequeña y endeble que pareciese, con el paso de los minutos seguía en pie, resistiendo la marejada provocada por los Aicardo, Lozano y compañía.

Por si fuera poco, una corriente de agua subterránea empujaba la balsa interista a la orilla: un tiro sin peligro de Fer Drasler era desviado a meta, dejando de nuevo al portero catalán con el rostro desencajado. A partir de ahí todo se predispuso para que llegasen a la orilla, no sin emoción: ¿Ferrao falla un lanzamiento de diez metros? Borja falla un penalti. ¿Dyego se autoexpulsa haciendo un paradón cuando no era portero? Inter desaprovecha los dos minutos para sentenciar. ¿Martel sentenciaba con 1-3? Todavía quedaba un despiste generalizado que hacía el 2-3 a falta de dos segundos. Con las últimas fuerzas, Inter se aferró a tierra firme para sobrellevar el mareo. Estaba a salvo.

Y aunque el caso de José Salvador es real, la historia bien merecería ser contada por Hollywood. Y ya saben que en todo buen blockbuster siempre hay un héroe inesperado, ese chico que se lanza sobre el protagonista para recibir una bala por él. En el Barça-Inter no iba a ser menos. El actor secundario que se vistió la capa, para redondear una noche de sufrimiento y ensueño, fue Raya. El canterano, tan vilipendiado en otras ocasiones, secó nada menos que al mejor jugador del mundo. Y así, cuando parecía que se ahogaría, Movistar Inter sobrevivió y alcanzó sus particulares Islas Marshall, tres puntos que saben a gloria después del tropiezo en casa ante UMA y deja a los culés a ocho puntos cuando solo han disputado cuatro encuentros cada uno.

Fotos: María Blanco / Pobla FM

Autor: Dani López (twitter: @gremplu)

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