Acabemos con las nacionalizaciones a la carta

Que los brasileños repartidos por el mundo darían para una selección B ó C lo sabíamos. Que selecciones europeas han tirado históricamente de jugadores nacidos en el país sudamericano para subir el nivel de sus combinados, también. Por ahí nos encontramos con los míticos rusos nacidos en Brasil, desde Pula, Cirilo o Gustavo antes a los Robinho y Éder Lima entre otros ahora. España presume de haber puesto la Roja a algunos de los mejores jugadores del mundo como Paulo Roberto, Marcelo o Daniel Ibañes. Y no hablemos de Italia y aquella Eurocopa de 2003 en la que no acudió ni un solo jugador nacido en el país transalpino.

Pero todo tenía un límite: los brasileños no solo defendían los colores de otro país porque eran muy buenos sino porque —y esto puede parecer una evidencia—llevaban años viviendo en el país que iban a defender internacionalmente. ¿Acaso alguien dudaba que Paulo Roberto, después de 20 años jugándose el día a día en las pistas españolas, tenía derecho a vestir esa camiseta? Nadie. Porque se entendía que había un sentimiento de pertenencia y una legalidad que permitía, a un trabajador que llevaba años desarrollando su actividad profesional en el país, adoptar esa nacionalidad. La mayoría de estos jugadores no solo jugaban en el país, sino que vivían allí, incluso formaban una familia. Eran españoles, rusos o italianos no solo de pasaporte, sino de hechos.

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Y ahí nos encontramos el problema: aquel sentimiento y aquella ley se han pervertido hasta el límite, una cuerda que se estira y se estira de tal manera que vemos cómo las fibras se van soltando, lentamente, una a una, hasta que todo el sistema pende de un fino hilo. Y la cuerda puede estar a punto de romperse justo antes de la disputa de la ya convulsa Euro’22 de fútbol sala, merced a unas selecciones que han confundido un campeonato de selecciones con uno de clubes.

De sobra es sabido que hay federaciones que han retorcido los estatutos de la FIFA para adquirir un sinfín de jugadores con los que potenciar sus selecciones. Estos estatutos son (aparentemente) muy sencillos en cuanto a las normas que debe cumplir un jugador para ser considerado seleccionable por una federación, y se resume en que o bien el jugador o un pariente de primer o segundo grado de consanguinidad (padres o abuelos, respectivamente) debe haber nacido en dicho país, o al menos residir en dicho país durante al menos cinco años. Si vemos el famoso caso de las nacionalizaciones a la carta de Georgia con Bynho, Elisandro, Thales o Vilian entre otros, el de Azerbaiyán antes o tantos otros, entenderemos rápidamente que haya un malestar en ciertas federaciones que sí cumplen con el reglamento y que ven mermadas sus posibilidades de clasificación solo por ser legales.

Hoy mismo Pedro Catita en Zona Técnica desvelaba en este artículo cómo podemos comprobar de un vistazo que hay más de 20 brasileños nacionalizados por diversos países que no cumplen con la normativa. Y si mencionábamos con anterioridad a Georgia o Azerbaiyán no es casual: entre ambos suman 16 jugadores no seleccionables según los sencillos criterios de FIFA. Como indica nuestro compañero portugués, según el artículo 57 del reglamento, se puede impugnar un partido si un jugador ha participado en el encuentro sin cumplir las condiciones definidas en el reglamento. Específicamente, UEFA también valida dicha protesta, por parte del equipo afectado, en el reglamento de la Euro’22, siempre que se haga dentro de las 12 horas siguientes a la finalización del encuentro.

No parece probable que las selecciones perjudicadas por esta irregularidad se atrevan a impugnar un resultado desfavorable, pero queda claro que, en caso de hacerlo, tendrían todas las de ganar. Y quizá, viendo la falta de ética en algunas federaciones, sea necesario. Por el bien del futsal.

Autor: Dani López (twitter: @danifutsal6)

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